La mente del jurista

La función de los magistrados en el sistema de justicia es vital, son ellos los encargados de aplicar las leyes y códigos de la forma más idónea posible. Sus decisiones definirán el que la ley castigue con severidad al criminal y libere de toda culpa a personas implicadas pero inocentes. Errores en sus decisiones pueden tener efectos terribles para el individuo y la sociedad, al liberar criminales que pueden atentar no solo contra otros (homicidas, ladrones comunes), sino contra la sociedad completa (genocidas, ladrones de cuello blanco), y/o condenar a personas inocentes.

Esto implica que la toma de decisiones adecuadas por parte de los jueces es un proceso fundamental en la administración de justicia. Esa toma de decisiones depende de un sistema nervioso integro y saludable. La toma de decisiones no solo va a depender de una formación en leyes idónea y de experiencia profesional en el área. También dependerá de cómo ese sistema nervioso se ha desarrollado (desarrollo infantil, nutrición, ambiente familiar y social, valores, educación) y de si no se padecen trastornos orgánicos que puedan alterar los procesos mentales superiores (enfermedades neurodegenerativas, tumores, psicopatías, estrés ansiedad, etc).  Probablemente el magistrado ha estado, está y estará sometido a presiones externas, además de las internas, que pueden afectar sus decisiones. También es probable que desde las neurociencias se pueda ayudar a entender cómo se afectan la toma de decisiones y plantear alternativas para mejorarlas. Este es un campo que apenas se está explorando, pero que puede ser sumamente importante para la sociedad.

 

 Glucosa, fatiga cerebral, jueces y toma de decisiones

El cerebro requiere de grandes cantidades de energía para su actividad, esto lo obtiene a partir del consumo de glucosa y oxigeno. Ambos elementos son vitales para el cerebro. El aporte de oxígeno es constante dado que depende de la función cardio-respiratoria y en un individuo normal no tiene porque verse afectada, a menos que viva en ambientes hostiles en los que se reduce la concentración de oxigeno (como sucede en la práctica de montañismo) o en los que se depende de aporte externo de oxígeno (como sucede en la práctica submarinismo). No sucede lo mismo con la glucosa, cuyos niveles no son siempre constantes y dependen básicamente de la ingesta periódica de alimentos y de las reservas corporales de glucosa (presentes en músculo e hígado). El destino final de los alimentos es la formación de glucosa, proceso complejo que requiere de hormonas de regulación (insulina por ejemplo) y una cadena de enzimas que garantizan el producto final. La glucosa presente en la sangre no siempre es constante, hay una concentración máxima poco después de la ingesta de alimentos que se reduce progresivamente en la medida que es consumida por los tejidos. En sus niveles más bajos sensores presentes en el sistema nervioso central desencadenan una respuesta de alarma que producen la sensación de hambre e inducen al individuo a consumir alimentos. De no ingerirse el alimento el organismo desencadena una respuesta hormonal que genera liberación de la glucosa de sus depósitos de reserva. Niveles bajos de glucosa producen trastornos en la función cerebral: perdida en la capacidad de concentración, reducción en la velocidad de respuesta frente a estímulos, agresividad, trastornos de conciencia e incluso el daño cerebral irreversible.

Un adecuado desarrollo cerebral y una adecuada función cerebral requieren de un adecuado aporte de glucosa. Algunos investigadores han explorado la influencia de este factor en la toma de decisiones. Un trabajo reciente ha mostrado que individuos con niveles de glucosa bajos luego de tareas de autocontrol tienen resultados bajos en test de autocontrol (control de atención, supresión de pensamientos, regulación de las emociones), en individuos con tareas de autocontrol se presenta reducción en los niveles de glucosa sanguínea en mayor proporción que en individuos control, pero los resultados mejoran luego de la ingesta de bebidas azucaradas. De igual forma se observó que  el rendimiento en los test no mejoraba si en vez de emplear azúcar se emplean sustitutos del azúcar. Administración de glucosa ha sido explorada en la agresividad de estudiantes de secundaria y se observa que la respuesta agresiva se reduce cuando se administra glucosa.

En lo relacionado a cerebro y ley, un estudio reciente trato de establecer la relación entre descanso, ingesta de alimento y toma de decisiones judiciales. A un grupo de jueces se les dio dos recesos para descansar y tomar algún alimento, lo que dividía la jornada en tres sesiones. Interesantemente se observó que el porcentaje de veredictos que beneficiaban a los prisioneros pasaban del 65% al inicio de la jornada o después del receso hasta casi 0% al final de cada sesión. Es decir los prisioneros juzgados por jueces no fatigados tenían mayor posibilidad de tener decisiones más benéficas.

Este es un ejemplo de cómo la función cerebral y su adecuado estado es clave en la administración de justicia. Un individuo estresado, con miedo (por presiones, amenazas), con hambre, bajo el efecto de drogas o alcohol (en todos estos casos los niveles de glucosa pueden estar alterados) puede no tener una capacidad mental adecuada para decidir el futuro de un prisionero. Malas decisiones pueden comprometer la libertad de un individuo que podría ser inocente o dar la libertad a un individuo culpable.

Todo esto también permite plantear la importancia de la alimentación en actividades que implican una intensa actividad cerebral: actividades académicas (mayor en cerebros en desarrollo), actividades que requieren concentración (conductores, pilotos, controladores aéreos, operarios de maquinaria en industrias con actividad continua, etc.); actividades deportivas que requieren no solo capacidad física sino además concentración y en actividades que implican alta actividad cerebral por funciones de control de pensamiento ejecutivo como en casos de liderazgo en general en las que se pueden tomar decisiones que pueden afectar a toda una sociedad: administradores, gobernantes, jueces, militares, políticos, economistas, entre otros.

 

Cerebro, teoría de juegos, justicia y corrupción

Existe una relación entre emoción, justicia y toma de decisiones. Ante una situación de injusticia podemos mostrar altos niveles de agresividad y ante una decisión justa se puede sentir una sensación de satisfacción, tranquilidad o alegría. Está respuesta tiene que ver con la capacidad del cerebro de responder en forma automática ante situaciones de injusticia o de justicia. Aparentemente existe una conexión entre los centros de control de las emociones, como la amígdala cerebral, y los centros de toma de decisiones ubicados en el lóbulo frontal. La capacidad para determinar lo que es justo o injusto es fundamental para crear nexos de confianza entre los individuos que forman una sociedad. Esta capacidad depende de un desarrollo cerebral completo y del ambiente en el que se desarrolle el individuo. Aspectos como desarrollo prenatal, nutrición, enfermedades, ambiente familiar, nivel socieconómico, ambiente social son determinantes en la capacidad de desarrollar un concepto de justicia.

Para probar la existencia de un sentido de justicia los neurocientíficos han realizado experimentos aplicando la teoría de juegos.  Una de las pruebas empleadas es el denominado juego del ultimátum (o suma de ceros); en este juego participan dos jugadores y utilizan dinero real. A uno de los jugadores, a quien se llama el dador,  se le da una suma de dinero real que debe repartir según su criterio con el otro jugador; este dinero no siempre se reparte en partes iguales. El otro jugador, el receptor tiene la posibilidad de aceptar la suma que el dador le entrega, con lo cual ganaría algo de dinero, pues parte de no tener dinero, o rechazarla si la considera inferior a lo deseado o inequitativa. Si el receptor rechaza lo ofrecido por el dador, ninguno de los dos ganan dinero, lo cual es concocido por ambos jugadores, y se interpreta como una forma de castigo ante una decisión injusta o inequitativa y egoista del dador. Habría una tendencia del repartidor a retener más dinero para él. El receptor puede castigar el acto de ambición negándose a recibir dinero, aunque sacrifique su interés personal. Esto se interpreta como la expresión de un sentido de justicia.

Se han hecho estudios en diferentes sociedades, aplicando esta prueba y los resultados varían. En sociedades igualitarias los receptores tienden a rechazar el dinero si consideran injusta e inferior su parte. Por el contrario en otras sociedades, con grandes desigualdades sociales, como en Latinoamérica,  se tiende a aceptar cualquier suma que se asigne por mínima que sea. La identificación de las áreas cerebrales que participan han sido puestas en evidencia en diversos estudios. En un primer estudio se emplearon benzodiacepinas, lo que redujo la actividad de la amígdala de los participantes en el juego de ultimátum, esto a pesar de que el dinero se repartiera en forma injusta. Se observó además que los hombres muestran mayor actividad de la amígdala y mayor agresividad ante una situación que consideran injusta, en comparación con la reacción de las mujeres. Esta diferencia de género, en cuanto a la actividad de la amigdala y nivel de agresividad, se reduce cuando se administran benzodiacepinas, medicamentos que deprimen la actividad cerebral. En otro estudio se realizó estimulación eléctrica transcraneal en la corteza prefrontal dorsolateral, con lo que se reduce la actividad neural, a participantes del juego del ultimátum. Los participantes que actuaban como receptores, a los que se les aplicó el estímulo, tuvieron tendencia a recibir el dinero, aunque fuese una mínima cantidad.

Estos dos estudios muestran que circuitos cerebrales relacionados con emociones (amígdala) y toma de decisiones (corteza frontal), regulan el deseo del individuo de tomar cualquier cosa que sea ofrecida en cualquier circunstancia. Estas zonas cerebrales deben estar maduras hacia los 25 – 27 años, no antes,  lo que explicaría la dificultad de niños y adolescentes a seguir normas y la tendencia a satisfacer sus necesidades aún en contra de las normas sociales. También esto pondría en tela de juicio la tendencia cada vez más frecuente a seleccionar y ubicar personal demasiado joven en cargos de responsabilidad y toma de decisiones de alto impacto en instituciones de diverso orden. La posibilidad de transgredir valores éticos y morales socialmente aceptados es alta durante la niñez y la juventud. De igual forma estos estudios darian valor a instituciones ancestrales de muchas comunidades indigenas como los concejos de ancianos, los cuales son el bastión moral de la comunidad. También avalan el proyecto de algunas Universidades Norteamericanas de abrir las puertas de estudios de posgrado a personas adultas con gran experiencia, en contraposición a la tendencia actual, en donde los posgrados estan orientados a captar estudiantes jóvenes recien egresados.

En conclusión de muchos de estos estudios se deriva la idea de que la capacidad de sacrificar el interés personal para castigar la ambición del otro, sería una de las bases del concepto de justicia; aqui el bienestar individual se sacrifica por el bienestar social.

Surgen aquí algunas cuestiones éticas relacionadas. La primera esta relacionada con el uso de medicamentos que puedan afectar las decisiones de justicia, al actuar sobre centros como amigdala o corteza frontal. Muchos agentes ansiolíticos empleados para el control del estrés están en este grupo, pero también antisicóticos, antidepresivos, antihistamínicos, antihipertensivos. La pregunta es entonces: puede un juez, un policía, un economista, un gerente, etc., tomar decisiones justas cuando esta bajo el efecto de uno de estos medicamentos?.

Otra pregunta que surge es: la madurez cerebral en estas zonas, claves para el concepto de justicia, no se estará presentando cada vez más tardiamente, dados los casos de corrupción mundial en donde adultos jóvenes involucrados anteponen su ambición personal al bienestar social y en donde la sociedad acepta sin alterarse este tipo de distribuciones desiguales?. O serán los trastornos sociales como la miseria extrema, la violencia, la desnutrición, la pérdida de valores familiares y sociales los que están retardando esta maduración cerebral y esto afecta a toda la sociedad en conjunto?.

Finalmente esta la pregunta de si al menor de edad se le debe aplicar una ley diferente, dada su inmadurez cerebral, o por el contrario, se le debe aplicar la ley para garantizar la asimilación de las reglas sociales. No estará la justicia especial para el menor impidiendo que el menor criminal desarrolle un sentimiento de culpa?. Se están castigando las infracciones a la ley, los robos, los secuestros, los asesinatos que los menores cometen, con la severidad que merecen. En relación a esto vale recordar un aforismo que dice: educad al niño de hoy y no tendrás que castigar al adulto del mañana.

2 respuestas a La mente del jurista

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