Cerebro y religiosidad

La religiosidad es algo que ha acompañado al ser humano tal vez desde su aparición: animismo, magia, politeísmo, monoteísmo son expresiones de ese sentimiento religioso. Dado que en muchas experiencias o sensaciones religiosas está de por medio la percepción de información que no es evidente para todos: visiones de diverso tipo, percepción de voces, olores, etc., desde los años sesenta investigadores del área de las neurociencias han intentado explorar como es la actividad cerebral de practicantes de diversas religiones durante una experiencia religiosa, con el fin de aclarar si el origen de estas experiencias alteran o modifican la estructura y/o la función de áreas especificas del cerebro. Las nuevas técnicas en neurociencias como la tomografía axial computarizada, la resonancia magnética nuclear, el mapeo electroencefalográfico o la magnetoencefalografía han ayudado a desentrañar como es la actividad cerebral en algunos casos. Todo esto ha dado origen a un nuevo campo de investigación que algunos denominan neuroteologia. Esta rama tiene como objeto explicar fenómenos como las experiencias al borde de la muerte, experiencias místicas e incluso las experiencias de contactos y abducciones alienígenas. Este campo es prometedor en el sentido de que sienta las bases neurobiológicas de la religiosidad, pero también da pie para que aparezcan muchas preguntas y muchos elementos para aclarar y que han sido, son y serán motivo de debate.

Mapa del cerebro místico

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Estrés, pobreza y plasticidad cerebral

poverty

Image via Wikipedia

Uno de las formas de estudiar el estrés en el laboratorio consiste en separar a ratas recién nacidas de sus madres. La separación es un elevado factor de estrés para las madres, pero sobre todo para los recién nacidos, quienes probablemente se ven abandonados, vulnerables y carentes del calor materno y el alimento. Ante un factor estresante la respuesta natural del organismo es producir y liberar las denominadas hormonas del estrés (cortisol, adrenalina, noradrenalina), las cuales preparan al organismo para responder al factor estresante y garantizarle su supervivencia. Sin embargo se ha observado que aunque estas hormonas garantizan la supervivencia, la acción crónica de estas hormonas tiene un efecto negativo sobre el desarrollo cerebral, especialmente en estructuras con alta capacidad de plasticidad como el hipocampo, amigdala y el lóbulo frontal. Ver más…

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